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domingo, 12 de abril de 2026

Análisis de las funcionalidades de las distintas variantes del F-35


 

Despegue corto, aterrizaje vertical y polémica horizontal

Global Strategy Report, 26/2022

Resumen: La aparición en los presupuestos de un programa para sustituir a los Harrier de la Armada parece indicar que se adquirirán F-35B. Los inconvenientes del programa, la dependencia industrial, el coste del sistema y las posibles alternativas, como los drones o los helicópteros de ataque, son argumentos en contra de esta compra. Sin embargo, el aumento de los presupuestos de Defensa, la situación geopolítica de España, las capacidades que se perderían, un análisis más concienzudo del coste y el éxito de exportación del cazabombardero dejan patente sus bondades.

Para citar como referencia: Supervielle, Federico (2022), «Despegue corto, aterrizaje vertical y polémica horizontal», Global Strategy Report, No 26/2022.


La posible adquisición del F-35B para nuestra Armada puede ser el único asunto que despierte más pasiones que un partido de la Selección. Al menos, entre los aficionados a los asuntos militares aunque, por su vistosidad, es de los pocos temas de esta índole que alcanza una repercusión algo mayor, con la participación de algunos políticos y noticias en medios generalistas.

El borrador de presupuestos generales del Estado para 2023 ha vuelto a sacar el tema a la luz con la aparición del superproyecto 2023 14 03 1012: «Avión sustituto del AV-8B y C-15M – 2ª Fase». El C-15M es la denominación del Ejército del Aire para sus F-18, que ya cuentan con otra partida de 4.500 millones de euros. La partida conjunta para los AV-8B y la segunda fase de F-18 está valorada en 6.250 millones de euros. Respecto al relevo de los C-15M podría haber debate, pues los basados en Canarias supimos el año pasado que serán relevados por modelos modernos de Eurofighter. Sin embargo, solo un avión puede relevar al Harrier: el F-35 Lightning II en su versión STOVL (despegue corto y aterrizaje vertical). Por tanto, todo parece indicar que los 4.500 millones serán para renovar la mayoría de los F-18 peninsulares por más Eurofighter, mientras que la partida de 6250 millones supondrá la compra conjunta de F-35B para la Armada y un número relativamente reducido de F-35A para el Ejército del Aire.

Gasto, inversión y Defensa

Las compras de armamento suelen discutirse enfrentando la necesidad de contar con un determinado sistema a su precio, algo especialmente señalado en el caso del F-35B por su elevado coste, que trataremos más adelante. Si bien toda adquisición debe analizarse desde un punto de vista presupuestario, esta mentalidad tiene el peligro de caer en la trampa de considerar la seguridad como algo cuantitativo, cuando la seguridad es una cualidad, no una cantidad.

Esto es fácil de entender desde la perspectiva de la disuasión: una gran parte de nuestra seguridad depende de la percepción que tenga un potencial enemigo sobre nuestras capacidades. La derivada inmediata de esto es que la seguridad no se puede tasar y, sobre todo, que no cabe esperar retorno alguno de ella. Esta segunda trampa, también habitual, es en la que a menudo recaemos al defender una industria de Defensa nacional. Por supuesto, una industria militar propia, hasta cierto punto independiente, es una ventaja estratégica de primer orden; sin embargo, no podemos considerar los costes de nuestra Defensa «inversiones», como si esperásemos un retorno de ellos. Los costes de la Defensa son «gastos», a fondo perdido. El retorno de ese gasto es la seguridad, ese concepto intangible que no nos devolverá dinero… al menos, no directamente. Haciendo un símil algo simplista, la seguridad y la Defensa son como el seguro de un coche. Nadie paga el seguro esperando un retorno de su «inversión»; pagamos el seguro con el objeto de que, cuando tengamos un accidente, nos saque del aprieto. Habrá gente dispuesta a pagar un seguro a todo riesgo y otros que solo lo tendrán a terceros, pero ni unos ni otros esperan ganar dinero pagando el seguro. El presupuesto de Defensa es equivalente, con la particularidad de que, en lugar de evitarnos pagar los daños, pretende asegurar la supervivencia misma del Estado y muchos de sus ciudadanos.

El concepto de disuasión es también fundamental para comprender por qué muchas de las adquisiciones de material bélico están «infrautilizadas», otro de los argumentos habituales en contra de determinadas compras. El conflicto armado es el último recurso, aquel al que se acude cuando todo lo demás ha fallado y, desde el punto de vista estrictamente militar, la disuasión es la única herramienta para no llegar al conflicto. Por tanto, aunque pueda parecer contradictorio, el arma más efectiva puede ser la que no se ha usado nunca, porque la capacidad y voluntad de emplearla impidieron que el potencial enemigo se atreviera siquiera a llegar al conflicto.

En relación con este asunto, debemos tener en cuenta que la disuasión se ejerce mediante el conjunto de las Fuerzas Armadas —y la voluntad política y otras capacidades no estrictamente militares—, con lo que es importante que el diseño de la fuerza sea equilibrado. No tendría sentido una adquisición que pusiera en entredicho la operatividad de otras capacidades igual de necesarias. Hace poco más de un año, nada nos hacía prever un aumento de entidad en los presupuestos de Defensa y el propio AJEMA nos decía que «desde 2008 el presupuesto asignado a la Armada solo alcanza de media para el 70% del sostenimiento mínimo imprescindible»[i]. En esa situación, acometer un programa de gran entidad, teniendo que paliar un 30% de infrainversión durante década y media, y renovar una parte importante de las capacidades de la Armada, se antojaba demasiado ambicioso. Aun así, como veremos, la pérdida de capacidad sería tal que el debate continuaba abierto. Con la aparente tendencia positiva de los presupuestos de Defensa en los próximos años, la adquisición del F-35B bien puede encajar en el diseño de una Flota equilibrada.

El aumento de los presupuestos de Defensa es una buena noticia, como mínimo para empezar a paliar quince años de recortes, pero no es suficiente. Y no lo es porque la cantidad sea escasa —afirmación que merecería su propio estudio—, porque no llegue al ya famoso acuerdo OTAN del 2% del PIB o por otras cuestiones cuantitativas. Precisamente para permitir el diseño y adquisición de una fuerza equilibrada y eficaz, los presupuestos de Defensa no pueden renovarse de año en año. El más mínimo programa de armamento tiene varios años de duración y algunos de los más grandes duran décadas. Para diseñar una fuerza capaz de acometer las misiones que se le encomienden y ejercer la disuasión necesaria, los planificadores necesitan conocer el presupuesto de los próximos cinco, diez o, incluso, veinte años. Si bien la tendencia actual parece ser una de aumento, ¿qué ocurrirá si hay cambio de gobierno? ¿Y si hay otra crisis económica o financiera? ¿Qué pasará si Rusia es derrotada en Ucrania y Europa no percibe amenaza? Si los planificadores diseñan la fuerza en base al presupuesto que estiman para dentro de unos años, pero este se reduce, en el momento de la reducción nos veremos abocados a recortar, sin opción a elegir qué capacidades podemos reducir o perder. Al no contar con un presupuesto estable, renovamos capacidades a medida que podemos y esto nos permite, en teoría, perder las mínimas posibles. Pero también nos impide elegir cuáles damos de baja y, así, España ha perdido su capacidad de patrulla marítima o los aviones especializados en guerra electrónica. Podría darse el caso de que un presupuesto boyante nos haga adquirir una capacidad beneficiosa pero no fundamental y un recorte posterior nos haga perder una capacidad absolutamente esencial. La Defensa se debe planificar a largo plazo y, para ello, necesita unos presupuestos a largo plazo.

Por último, no podemos cerrar este epígrafe sin citar, aunque sea brevemente, la situación particular de España. Algunos países de nuestro entorno pueden concebir su Defensa desde un punto de vista puramente conjunto, pues sus únicas amenazas son compartidas con el resto de miembros de la Alianza. Sin embargo, la situación geográfica española, que tantas ventajas nos otorga o nos debería otorgar, también supone que España tenga que estar preparada para acometer ciertas amenazas de forma individual. A pesar de la insistencia en foros internacionales sobre la importancia del «Flanco Sur», la realidad es que ciertos asuntos solo nos incumben a nosotros e, incluso, como ocurrió en la crisis de Perejil, podemos encontrarnos con supuestos aliados haciéndonos la zancadilla[ii]. Es por ello que España no puede renunciar a algunas capacidades con la mentalidad de aportar otras a la Alianza y esperar que sus carencias sean paliadas por los demás miembros. En la medida de lo posible, España tiene que ser capaz de garantizar su propia Defensa, al menos en todos aquellos escenarios en los que no pueda asegurar la participación de la OTAN en su favor. El ala fija embarcada, como veremos, es fundamental en este sentido.

Una cuestión de capacidad

Las capacidades que aporta el ala fija embarcada son incuestionables: disuasión, control del mar, cobertura aérea, operaciones anfibias, ataque a suelo y ataque a buques. La disuasión a nivel estratégico que proporciona un grupo de combate encabezado por un portaeronaves es difícilmente superable salvo por armas nucleares. Ni siquiera el submarino, elemento de negación por excelencia y el sistema de armas más furtivo del mundo, genera la misma disuasión a nivel estratégico. Las capacidades del portaeronaves le permiten proyectar más poder, más lejos, que cualquier submarino no armado nuclearmente. El submarino, ideal para negar al enemigo el uso de ciertos espacios marítimos, no puede ejecutar el amplio abanico de misiones de un grupo aeronaval. Aunque sea solo porque menos de diez marinas en el mundo cuentan con ala fija embarcada, el hecho de disponer de esta capacidad automáticamente las convierte en marinas de primera división a ojos de cualquier rival.

La capacidad de control del mar que pueden ejercer las unidades de superficie se ve aumentada exponencialmente con el ala fija embarcada. El horizonte se amplía con la altura y la presencia de unidades de combate aéreo propias permite operar con cierta libertad a otras aeronaves como helicópteros o, incluso, aviones basados en tierra como los de patrulla marítima, que en ciertos escenarios pueden requerir escolta. Esa cobertura aérea no siempre podrá otorgarse por el Ejército del Aire operando desde sus bases en tierra. Incluso con capacidad de reabastecimiento en vuelo, operar en determinadas zonas podría ser imposible y, en muchas otras, extraordinariamente ineficiente. Desde luego, se podría renunciar a esas operaciones «lejanas», pero eso sería, en esencia, una pérdida de capacidades que mermaría nuestra disuasión, pues el enemigo sabría que no podríamos acometerlas; y una alternativa menos para los decisores, tanto políticos como militares, encargados de solucionar la crisis o el conflicto.

Las operaciones anfibias son, simple y llanamente, inviables sin ala fija embarcada. En escenarios muy cercanos a territorio nacional, se podría plantear una operación conjunta con apoyo del Ejército del Aire pero, una vez más, eso deja la capacidad disuasoria cercana a cero. Una de las premisas indispensables para una operación anfibia es la sorpresa y, si el enemigo conoce los pocos puntos en la que esta se puede realizar, estarán defendidos y la operación no será viable. Tampoco hay que desdeñar el adiestramiento específico, la doctrina y la experiencia de los pilotos navales en operaciones tanto puramente navales como anfibias. Otros pilotos podrán realizarlas, pero difícilmente al mismo nivel sin un adiestramiento y formación que los convertiría, esencialmente, en pilotos navales.

La pérdida de capacidades que supondría no contar con una fuerza anfibia creíble merecería un artículo por sí misma, pero citaremos a continuación algunas de las más destacadas. Las operaciones anfibias permiten emplear la mar como espacio de maniobra y los barcos como medio de transporte. La mayoría del comercio mundial se hace por mar porque es la forma más eficiente de mover grandes cantidades de material, algo también aplicable a una fuerza de combate. La fuerza naval, y por tanto la anfibia, no requiere del apoyo de un tercer Estado para operar, ampliando las posibilidades. Permanecer en aguas internacionales evita una posible escalada y la gran movilidad de una agrupación naval, que puede rondar las 300 millas náuticas al día, le permite situarse cómodamente en una posición no vulnerable ni amenazante desde la que acceder rápidamente a su objetivo. La inmensidad de la mar otorga otra gran ventaja: la sorpresa. Ni siquiera con la tecnología actual es fácil encontrar una flota en medio del océano. La disuasión que genera una fuerza anfibia no se puede lograr mediante otros métodos, ya que determinadas operaciones solo se podrán ejecutar con una fuerza anfibia. La fuerza anfibia también obliga al enemigo a repartir sus esfuerzos defensivos, pues puede ser atacado en casi cualquier lugar en casi cualquier momento: permite abrir segundos frentes, flanquear y buscar las posiciones más favorables.

En cuanto a la capacidad de ataque a suelo y ataque a tierra, ya existe en la Flota por otros métodos, pero la aviación de ala fija embarcada ofrece alternativas que, en función de la situación táctica, serán más adecuadas. También ofrece la posibilidad de realizar un ataque combinado con distintas armas y/o desde distintas direcciones, dificultando enormemente la defensa al enemigo[iii].

Ni tan bueno ni tan malo

Las propias capacidades del avión suelen ser objeto de debate alrededor del F-35. El programa, como cabe de esperar de uno de tamaña entidad, atravesó varios baches en los primeros años. Muy posiblemente, muchos de ellos derivados de la necesidad de obtener tres aviones con capacidades muy distintas a partir de un único proyecto. De hecho, el resultado final es que los tres modelos solo son iguales en un 20-25%, según el general jefe del programa[iv]. Sin embargo, la larga lista de usuarios debería por sí sola derribar las teorías conspiratorias de que se trata de un aparato plagado de problemas que los EE.UU. han vendido a Estados vasallos a cambio de protección. Estados Unidos, Reino Unido, Italia, Israel, Japón, Países Bajos, Australia, Corea del Sur y Noruega ya operan el F-35, mientras que Dinamarca, Canadá, Bélgica, Polonia, Singapur, Finlandia y Suiza, al menos, se unirán muy pronto al club. El Lightning II va camino de los 1.000 aparatos y las 600.000 horas de vuelo[v]. Para hacernos una idea, el F-15 llevaba unos 1.200 aparatos en 2007, tras tres décadas de operación[vi].

A pesar de la evidente apuesta de la mayoría de las fuerzas armadas occidentales por el F-35, todavía podemos encontrar argumentos que dudan de sus bondades, por lo que citaremos algunas aquí. La furtividad (stealth) del F-35 a sensores tanto radáricos como infrarrojos le convierte, posiblemente, en el avión de combate más difícil de detectar del mundo: se le estima una superficie equivalente radar un 50% menor que la de un ave[vii]. Por supuesto, el avión no es invisible, pero ser difícil de detectar le otorga dos ventajas: la de violar las defensas aéreas enemigas y la de atacar a otro avión antes de ser detectado. La primera, enmarcada dentro del SEAD (supresión de las defensas aéreas enemigas), es posiblemente la misión más específica y para la que mejor preparado está el F-35. La combinación de furtividad y capacidad de armamento le habilita para hacer ataques de primera ola, eliminar defensas que otros no podrían penetrar y permitir así que le sigan olas de ataque menos sofisticadas.

La furtividad unida a la consciencia situacional que el sistema otorga al piloto pone al F-35 al nivel de los aviones más avanzados en combate aire-aire. Esto es especialmente importante pues, aunque se vende como un avión multirol es, en origen, un avión de ataque a suelo. El avión de superioridad aérea de los EE.UU. es el F-22 y otros países que operan F-35 mantienen sus aviones especializados aire-aire: Eurofighter en Reino Unido e Italia o F-15 en Japón e Israel, por ejemplo. Sin embargo, la furtividad y las ayudas al piloto permiten al F-35 enfrentarse a estos aviones de generaciones anteriores en combate aéreo. Esto no quiere decir que, a priori, futuros diseños de quinta generación y siguientes, especializados en superioridad aérea, deban mejorar al F-35 en estas misiones. La consciencia situacional viene apoyada por una enorme capacidad de guerra electrónica para la que otros aviones necesitan contar con pods específicos. En el Lightning II, esta capacidad está completamente integrada en todos los modelos, afinando aún más sus prestaciones tanto de ataque a suelo como de combate aéreo. Por último, para el caso concreto que nos atañe, no debemos olvidar que la mejora en capacidades puramente aeronáuticas respecto al Harrier es de varios órdenes de magnitud. El AV-8B+, también un avión de ataque a suelo, se ve en desventaja en combate aéreo contra casi cualquier avión moderno debido a su alcance, techo, trepada o velocidad, a pesar de unas armas y sensores que no son desdeñables. En el F-35 estas características siguen siendo inferiores a las de muchos aviones de cuarta generación, pero su ventaja en furtividad, sensores y consciencia situacional iguala o invierte la balanza.

Por último, debemos citar otro enorme salto adelante que trae el F-35, y es que esas ayudas al piloto y consciencia situacional lo convierten en un centro de mando volante, pudiendo ejercer de comandante de la escena de acción, gestionando otros muchos actores de forma equivalente a las tareas que realizan aviones de mando y control, pero con la ventaja de no ser un blanco ideal para el enemigo.

En cuanto a la posible adquisición por la Armada española, se debe considerar el número limitado de aparatos que, a priori, se podrían adquirir. La cantidad que se baraja suele ser una docena, que es el número de Harrier con los que cuenta la Novena Escuadrilla actualmente. Este número tiene obvias limitaciones, pues supondría una disponibilidad aproximada de seis aviones. Con esa cantidad sería casi imposible, por ejemplo, mantener una cobertura aérea permanente sobre una agrupación naval. También se podrían ver negadas las ventajas del avión en un desembarco anfibio por no poder hacer las salidas necesarias para mantener la superioridad aérea contra una fuerza aérea oponente más anticuada pero con mayor disponibilidad de aparatos.

Sin embargo, estas realidades irrefutables han de ser matizadas. No estamos hablando de tener más o menos capacidad, sino de tener o no capacidad, y la diferencia es enorme. Por poner un ejemplo con otro sistema, son mucho más parecidas una marina con nueve submarinos y una con tres que esta última y una que no tenga submarinos. Puede parecer contradictorio, pues entre las primeras hay el doble de diferencia, pero la marina que tiene tres submarinos puede hacer misiones con submarinos. Podrá hacer menos, pero puede, y eso ensancha enormemente el abanico de posibilidades, genera disuasión y siembra la duda en el enemigo. Tiene pocos aviones, pero ¿y si cuando le voy a atacar están en el aire? ¿Y si están en alerta en cubierta?

Además, no contar con ala fija embarcada supondría un cambio radical en la estructura de la Flota. Sin ala fija embarcada, la Infantería de Marina no tendría razón de ser, ni los tres buques anfibios. La Armada tendría que reestructurar su fuerza, los escoltas no serían tan necesarios y se perdería gran parte de la capacidad oceánica y prácticamente toda la capacidad de proyección, pues serían necesarias unidades menores con más pegada, pero incapaces de operar lejos de sus bases.

Para hacer la guerra hacen falta tres cosas

El F-35 es un avión caro. Esta afirmación merece un análisis de los costes de adquisición y, sobre todo, operación, que son los que podrían hipotecar el presupuesto de la Armada durante décadas. También veremos que, sin dejar de ser un sistema gravoso, no lo es, ni mucho menos, en comparación con sus rivales.

Uno de los números más citados en las discusiones sobre el F-35 es el precio por aparato, con la particularidad de que no se trata de un número, sino de varios. El precio que anuncia la empresa es muy inferior al precio oficial que da el Pentágono y este, a su vez, es inferior al precio que podemos extrapolar de las ventas al exterior. Esto debemos entenderlo desde el legítimo interés de la empresa por anunciar su producto, pero tiene otra causa: el fabricante desconoce qué añadidos, armas, sistemas complementarios, asistencia u otros productos se van a incluir en el contrato, por lo que anuncia el precio de la plataforma más básica. Tomando como base la adquisición por Suiza de 36 aparatos, el precio final real de cada avión, incluyendo todo lo necesario para volar y operar, es cerca del doble de lo que anuncia el fabricante. Esto nos da un precio aproximado para el modelo B de 200 millones por avión[viii]. Si bien los programas de este calibre nunca son iguales y los «añadidos» (munición, repuestos, etc.) pueden variar, por no hablar de las fluctuaciones de las respectivas monedas, tomaremos este número como referencia conservadora. Cualquier precio inferior o posibles retornos industriales serían ventajas añadidas.

Tabla 1: precio en millones de dólares de los distintos modelos de F-35 según el fabricante, el Departamento de Defensa de Estados Unidos y el coste de venta a Suiza[ix].

A partir de estos datos podemos hacer una primera aproximación al número de aparatos que incluiría el superproyecto 2023 14 03 1012, que recordemos cuenta con 6.250 millones de euros. Si la Armada recibe doce unidades por un total de 2.300 millones, el Ejército del Aire podría recibir unos 26 aparatos a 149 millones cada uno. Otras posibles combinaciones serían 15 y 22; o 18 y 18. Recordemos que esto es un cálculo relativamente pesimista y, posiblemente, los precios fueran algo menores.

En el caso de la Armada, es F-35B o nada, con lo que no tiene mucho sentido compararlo con otros aviones, pero merece la pena detenernos a explicar por qué el F-35 no es un avión caro. Al menos, en comparación. Como hemos señalado más arriba, es difícil comparar programas de este calibre por las particularidades de adquisición e implantación en cada país. Sin embargo, en 2021 tuvimos conocimiento de un estudio que analizaba, precisamente, el coste total de adquirir un caza o cazabombardero moderno. Suiza, país poco sospechoso de amiguismo geoestratégico, llegó a la conclusión de que el F-35 les saldría más barato que el Eurofighter, el Rafale o el F-18 Superhornet[x]. En su estudio analizaron tanto el coste de adquisición como el coste total del programa durante treinta años y el F-35 resultó el más económico en ambas categorías. La compra saldría por 4.600 millones de euros, 1.800 millones más barata que su inmediato competidor… que ni siquiera era el Eurofighter. Para hacernos una idea, el coste total del programa se estima en 14.000 millones, con lo que queda patente la importancia de ponderar los costes de operación, que en este caso son el doble que los de adquisición.

El precio de operación es uno de los asuntos más polémicos sobre el F-35. Hasta hace unos pocos años, el precio por hora de vuelo superaba los 40.000 $, duplicando a los teens (F-15, F-16, F-18) y, teniendo en cuenta que el modelo B es más caro, posiblemente triplicando al Harrier. Sin embargo, el coste por hora de vuelo en 2020 se redujo a 33.600 $, con el compromiso de bajar de la barrera de los 30.000 $ en 2023 y el objetivo, marcado hace años, de alcanzar los 25.000 $ en 2025, con lo que se acercaría mucho al F-15[xi]. Aunque esos compromisos no se cumplan —y desde luego no es fácil—, la reducción es importante si se analiza el precio de una forma algo más realista: el coste por hora de misión.

Un primer análisis debe dilucidar si una entidad, pongamos la Armada, puede permitirse el número de horas de vuelo mínimo para que tenga sentido la adquisición. Con la perspectiva presupuestaria de hace un año, esto bien podría ser dudoso e, incluso hoy, merita un concienzudo estudio. Sin embargo, una vez alcanzado ese mínimo, es decir, una vez es viable el proyecto, el coste por hora de vuelo es engañoso. ¿Por qué? Porque una misión de cuatro horas que requiere una pareja de F-35, costará unos 240.000 €, pero ¿cuánto costará sin F-35? Pues según la misión, es posible que para conseguir los mismos objetivos se requieran: un avión de mando y control, una pareja de aviones especializados en guerra electrónica, cuatro aviones de superioridad aérea y dos aviones de ataque a suelo. El ejemplo más claro sería una misión SEAD. Difícilmente será más barato realizar la misión sin F-35 que con ellos: suponiendo una media de 15.000 € por hora de vuelo para todos estos aviones, el total de la misión serían unos 540.000 €. En muchos escenarios, además, los F-35 sobrevivirían, mientras que del paquete de aviones combinados se perderían uno o varios, añadiendo su precio, el —incalculable— valor de la vida de sus dotaciones y el coste de la formación de estas a la ecuación. Por supuesto, debemos recordar que sin F-35B, la Armada simplemente no podrá realizar ninguna de estas misiones.

Sucedáneos del caviar

Las alternativas al F-35B en la Armada más comúnmente citadas son los drones y los helicópteros de ataque pero, de las capacidades que aporta el ala fija embarcada, la realidad es que no pueden proporcionar casi ninguna. Por supuesto, la capacidad de disuasión es mucho menor, pues recordemos que la disuasión es una percepción del contrario y, por muy avanzados que fueran los drones o helicópteros, jamás causarían la misma impresión que un ala embarcada de Lightning II. La cobertura aérea sería inexistente, pues cualquier avión de combate tripulado, incluso con tecnología muy anticuada, estaría en superioridad frente a drones o helicópteros. De la misma manera, el apoyo a operaciones anfibias se vería limitado a una capacidad de ataque a tierra muy inferior a la del F-35B, sobre todo en entornos disputados, pero sin aportar a la necesaria superioridad aérea. Drones y helicópteros serían derribados sin apenas esfuerzo por un rival con superioridad aérea. La capacidad de ataque a otras fuerzas navales, al igual que a tierra, se podría mantener, aunque muy diluida, mientras que se podría hablar de cierto aporte al control del mar, pero nada comparable.

Los avances en aeronaves no tripuladas están permitiendo el desarrollo de modelos cada vez más capaces, pero aún no existe un aparato no tripulado para combate aéreo y lo más probable es que tardemos bastantes años en verlo. Las misiones de inteligencia, vigilancia y reconocimiento son las más adecuadas para los drones, seguidas por las misiones de ataque a suelo en escenarios no disputados. Poco a poco, veremos a los drones ejecutar nuevas tareas, pero inicialmente estas estarán enmarcadas en un sistema de sistemas que incluya vehículos tripulados. Por ejemplo, un dron que haga de sensor y/o arma para un avión de combate. Sin embargo, un dron totalmente autónomo para combate aéreo está lejos de ser una realidad. Por otra parte, EE.UU. lleva desarrollando el F-35 desde finales del siglo pasado. Desarrollar un sistema no tripulado de capacidades mínimamente parecidas puede llevarle varias décadas a la industria de Defensa más poderosa del mundo, ya no digamos a cualquier otra.

Finalmente, respecto a los drones se debe hacer una apreciación: hasta el momento han dado muy buen resultado en entornos no disputados, pero llegado el caso, es muy dudoso que puedan operar en conflictos de media o alta intensidad. Esto se debe no solo a que les sea negado el espacio aéreo por un enemigo con capacidad aire-aire —o capacidad antiaérea en general—, sino porque los drones dependen de su enlace de datos, ya sea satelital o en frecuencias radio más comunes, para operar. En un conflicto entre Estados con cierta capacidad, es perfectamente posible que el entorno electromagnético esté tan saturado o negado por una de las dos partes que sea muy complicado operar drones, y eso sin entrar en las posibilidades cibernéticas de negación o, incluso, destrucción o secuestro.

Por último, las posibles alternativas al ala fija embarcada no aportarían muchos de los intangibles que sí nos daría el F-35B: acceso a la tecnología más avanzada del mundo, conocimiento de tácticas y tendencias en el ámbito aeronaval, intercambios de personal, posibles compensaciones industriales, interoperabilidad con la gran mayoría de nuestros aliados, etcétera. Algunas de estas cuestiones son clave, por ejemplo, si España pretende aportar con conocimiento de causa al programa FCAS, el futuro sistema de combate aéreo europeo, encabezado por un avión de sexta generación. Difícilmente se podrá desarrollar un avión de sexta cuando la experiencia de nuestros pilotos, mantenedores, generadores de doctrina, ingenieros y resto del personal se limita a aviones de cuarta generación.

El mito del botón rojo

Antes de las conclusiones es casi obligatorio abordar otro argumento muy manido en contra de adquisiciones como la del F-35, que no es otro que el del veto a su uso en determinadas condiciones o contra determinados rivales. Este argumento parece tener su origen en las restricciones que EE.UU. puso a España durante la guerra de Sidi Ifni.

En primer lugar, comparar la situación actual con la de la España de Sidi Ifni es un tanto atrevido. No solo han pasado más de sesenta años, sino que España es ahora una democracia respetada en todo Occidente y miembro de pleno derecho de la OTAN donde, a pesar de titulares amarillistas, goza de una muy buena relación con EE.UU., como evidencia la presencia cada vez mayor de unidades norteamericanas en bases españolas. Pero, además, el material que se vetó entonces era material cedido, no material adquirido por un Estado con el propósito, evidente, de emplearlo como mejor le parezca. Si EE.UU., o cualquier otro país, pretendiera limitar el uso —dentro de lo razonable— del material que vende, dejaría de ser un vendedor fiable, pues ¿quién va a comprar algo que no puede usar cuando lo necesite?

En segundo lugar, los sistemas de armas, por muy modernos y tecnológicos que sean, no tienen un botón remoto de apagado. Eso, sencillamente, no existe. Esto no quita que se pudieran ejercer presiones diplomáticas e incluso amenazar con sanciones o cortar suministros de repuestos y munición, pero eso es algo que puede suceder en cualquier caso y sobre lo que siguen pesando las puntualizaciones del párrafo anterior.

En tercer lugar, ¿cuál es la alternativa a comprar a EE.UU.? ¿Diseñar y construir todo en España? Ni siquiera Francia o Reino Unido se acercan a esa posibilidad. Tener una industria de Defensa fuerte es, sin duda, una ventaja pero, siendo realistas, España tendrá que seguir adquiriendo una parte importante de sus sistemas —o sus patentes— en el exterior en el futuro previsible. La alternativa, por tanto, sería pasar a depender de otro país. Muchos citan a nuestros socios europeos, algo curioso cuando de Perejil hace cincuenta años menos que de Sidi Ifni y la postura que adoptó el gobierno de Chirac es bien conocida. Cualquier país, europeo o no, en el caso de un conflicto de España con un tercero, apoyará al contendiente que más le interese, por lo que solo podemos hacer lo que esté en nuestra mano para que la diplomacia española mantenga a nuestros aliados y socios de nuestro lado.

En cuarto y último lugar, cabe preguntarse qué hacemos con nuestras Fuerzas Armadas si no podemos fiarnos de los Estados Unidos. Pocos sistemas de armas no tienen componentes o munición en los que no participe EE.UU. Solo en la Armada podemos citar algunos de los más importantes: sistemas de combate Aegis, misiles, torpedos, GPS, sistemas de comunicaciones y cifra, radares, sónares y un largo etcétera.

Conclusiones

En este artículo hemos pretendido dejar patente que perder la capacidad de ala fija embarcada supondría, inevitablemente, una reorganización completa de la Flota, pasando de ser una fuerza oceánica y con algo de capacidad de proyección a una marina prácticamente costera que tendría que limitarse a negar el espacio marítimo cercano al enemigo, sin apenas poder generar efectos más allá. Sin ala fija no hay buques anfibios, ni Infantería de Marina; la necesidad de escoltas se ve muy reducida y deberíamos pivotar hacia una Flota con mucho poder destructivo pero escasa resiliencia, basada en submarinos y lanchas lanzamisiles. Si bien estos sistemas tienen su utilidad, la «oferta» de misiones que la Armada pone en manos de los decisores políticos se vería reducida a su mínima expresión.

Respecto a si «aporta la aviación de ala fija embarcada algo que no se pueda conseguir por otros medios», la respuesta es rotunda: sí. No se trata de decidir si compramos el F-35B o buscamos alternativas para realizar los mismos cometidos; la decisión es si compramos el F-35B o perdemos (muchas) capacidades, sin paliativos.

En cuanto a si «compensa el beneficio que aporta en relación con el esfuerzo en recursos, coste, riesgo o vulnerabilidad», la respuesta es que no buscamos un beneficio, sino una seguridad, y la seguridad no es cuantitativa. Es indudable que los riesgos y vulnerabilidades de sistemas como el F-35 están más que paliados por sus ventajas cuando todo el que puede está adquiriendo el avión estadounidense. La situación geopolítica española exige que nuestras Fuerzas Armadas estén capacitadas para llevar acciones en todo el espectro del conflicto sin contar con apoyo exterior y, para eso, el ala fija embarcada es fundamental.

En palabras de Napoleón, para hacer la guerra hace falta dinero, dinero y dinero. A falta de una ley presupuestaria de la Defensa que permita la planificación a largo plazo, la situación parece dar pie al optimismo y, en esta coyuntura, la Armada no puede bajo ningún concepto perder la capacidad de operar con aviones desde la mar para seguir siendo una marina de guerra de primera categoría. Esto no quita que existan otras necesidades perentorias y que el diseño de la Flota deba ser armónico.

Bibliografía

Alcaraz-Perez Ros, J. D. (2022): «Los inconvenientes del portaaviones y de la aviación de ala fija embarcada: ¿es el F-35B una buena opción para la Armada española?», Global Strategy, 19 de octubre. Disponible en https://global-strategy.org/los-inconvenientes-del-portaaviones-y-de-la-aviacion-de-ala-fija-embarcada-es-el-f-35b-una-buena-opcion-para-la-armada-espanola/

Axe, D. (2016): «The F-35 Is Actually Three Different Warplanes», Vice, 15 de marzo. Disponible en https://www.vice.com/en/article/xygyna/the-f-35-joint-strike-fighter-is-actually-three-separate-planes

Carrasco, B. (2020): «El jefe de la Armada alerta: “Si no existe un aumento del presupuesto, perderemos capacidades”», Infodefensa, 26 de noviembre. Disponible en https://www.infodefensa.com/texto-diario/mostrar/3125456/jefe-armada-alerta-no-existe-aumento-presupuesto-perderemos-capacidades

Davies S. y Dildy, D. (2007): F-15 Eagle Engaged: The world’s most successful jet fighter, Osprey.

Grazier, D. (2020): «Selective Arithmetic to Hide the F-35’s True Costs», PoGo, 21 de octubre. Disponible en https://www.pogo.org/analysis/2020/10/selective-arithmetic-to-hide-the-f-35s-true-costs

Lockheed Martin (2021): «Producing, Operating and Supporting a 5.th Generation Fighter», F-35 Lightning II, citado en Supervielle (2021a).

Lockheed Martin (2022): «Fast Facts», F-35 Lightning II. Disponible en https://www.f35.com/f35/about/fast-facts.html

McCarthy, N. (2016): «The Hourly Cost Of Operating The US Military’s Fighter Fleet», Forbes, 16 de agosto. Disponible en https://www.forbes.com/sites/niallmccarthy/%202016/08/16/the-hourly-cost-of-operating-the-u-s-militarys-fighter-fleet-infographic/?sh=%20799577f7685f

Naegele, T., Parham, D. y Tsukamoto, M. (2019): «The B-2 at 30: Improving with Age», Air Force Magazine, 1 de julio. Disponible en https://www.airandspaceforces.com/article/the-b-2-at-30-improving-with-age/

Reim, G. (2021): «Lockheed agrees to $30,000 per flight hour cost for F-35A by FY2023», Flight Global, 13 de septiembre. Disponible en https://www.flightglobal.com/fixed-wing/lockheed-agrees-to-30000-per-flight-hour-cost-for-f-35a-by-fy2023/145448.article

Soriano, G. (2021): «Suiza comprará el F-35, el candidato más barato a su programa de cazas», Infodefensa, 2 de julio. Disponible en https://www.infodefensa.com/texto-diario/mostrar/3123061/suiza-comprara-f-35-candidato-barato-programa-cazas

Supervielle Bergés, F. (2021a): «Ala fija embarcada: ¿quimera o necesidad», Revista General de Marina, junio de 2021, pp. 947-959.

Supervielle Bergés, F. (2021b): «Defensa antimisil (ASMD) en la Armada española», Federico Supervielle Bergés: Escritor, marino de guerra, 9 de marzo Disponible en https://www.fsupervielle.com/post/defensa-antimisil-asmd

Villarejo, E. (2017): «El satélite español que surgió tras la crisis con Marruecos de Perejil», ABC, 23 de noviembre. Disponible en https://www.abc.es/espana/abci-satelite-espanol-surgio-tras-crisis-marruecos-perejil-201711230351_noticia.html


[i] Carrasco (2020).

[ii] Villarejo (2017).

[iii] Supervielle (2021b).

[iv] Axe (2016).

[v] Lockheed Martin (2022).

[vi] Davies y Dildy (2007).

[vii] Naegele, Parham y Tsukamoto (2019).

[viii] Supervielle (2021a), p. 954.

[ix] Datos de la primera columna de Lockheed Martin (2021), citados por Supervielle (2021); la página web ya no existe. Datos de la segunda columna de Grazier (2020). Datos de la venta a Suiza de Soriano (2021) cambiados a dólares el 17 de noviembre de 2022.

[x] Soriano (2021).

[xi] Reim (2021).

domingo, 29 de marzo de 2026

Prototipo: VTOL MiG 23-01 "Faithless"


Prototipo VTOL MiG 23-01 "Faithless"




"Un VSTOL ruso que nunca despegó": el prototipo MiG 23-01 "Faithless", fabricado en la década de 1960. Abajo se muestra una imagen generada por computadora, pero el avión sí alcanzó el estado de vuelo, como se ve aquí.






El avión 23-01 fue creado como prototipo de caza frontal, y por ello, en caso de éxito del programa, contaba con el volumen necesario para alojar aviónica y armamento.


sábado, 26 de abril de 2025

VTOL: Diseño Focke Wulf Triebflügel




Focke Wulf Triebflügel



Aunque solo era un proyecto, el caza Focke Wulf Triebflügel (ala de empuje), diseñado por el ingeniero Heinz von Halem en septiembre de 1944, constituyó un estudio sumamente interesante sobre vuelo con alas rotatorias e incorporó varias características innovadoras. El caza debía ser un avión de despegue vertical con cola, cuya sustentación y empuje provenían de tres alas que giraban alrededor del fuselaje a aproximadamente un tercio de su longitud desde el morro. Las alas giratorias no transmitían par al fuselaje, ya que estas eran impulsadas por tres estatorreactores montados en los extremos. Las alas giraban hasta la velocidad operativa del estatorreactor (300 km/h) mediante un motor propulsor interno o tres motores cohete Walter de 300 kg de empuje montados en el centro de cada cápsula de estatorreactor.



La gran ventaja de este diseño era que era un avión capaz de despegar verticalmente y ascender a alta velocidad, sin necesidad de pista y capaz de despegar desde cualquier zona despejada, incluso dentro de las ciudades.

Cada estatorreactor tenía 60 cm de diámetro, proporcionaba aproximadamente 840 kg de empuje y fue desarrollado a partir de los experimentos realizados a partir de 1941 por Otto Pabst en el departamento de dinámica de gases de Focke-Wulf en Bad Eilsen. Principalmente mediante el desarrollo de quemadores de combustible especiales y el método de compresión de aire, Pabst logró desarrollar un diseño básico de estatorreactor cuya longitud total no superaba el doble del diámetro del estatorreactor, lo que lo hacía adecuado para el movimiento rotatorio. El estatorreactor Pabst se probó con éxito en túneles de viento a velocidades de hasta Mach 0,9. El combustible se alimentaba desde el fuselaje de la aeronave a los motores estatorreactores mediante la fuerza centrífuga de los motores giratorios. Otra ventaja del motor estatorreactor era su capacidad para quemar combustible no estratégico o de baja calidad, como lodos de carbón u otros combustibles de baja calidad. El caza Triebflügel debía mantenerse verticalmente sobre el suelo, sostenido por sus cuatro aletas, cada una con una pequeña rueda estabilizadora en la punta. La carga principal de aterrizaje recaía sobre una única rueda principal en la base del fuselaje, y durante el vuelo, todas las ruedas estaban protegidas por cápsulas aerodinámicas en forma de tulipán. El piloto se alojaba en una cabina de morro con una capucha de burbuja, y el armamento montado en el morro consistía en dos cañones MK de 30 mm y dos MG de 20 mm.



Las alas giratorias, sin ahusar, tenían un paso que decrecía gradualmente desde la raíz hasta la punta, similar al de una hélice, y ningún método de control, aparte del ajuste de las RPM, parecía estar diseñado para ajustar las características del ala. El control del avión se realizaba mediante las superficies de control situadas en los bordes de salida de las aletas de cola. Por lo tanto, para volar en trayectoria horizontal, la cola se deprimiera ligeramente para convertir parte de la fuerza de empuje en sustentación. Otros autores especularon con la posibilidad de que las alas pudieran inclinarse en vuelo. El despegue se realizaba inclinando las alas (palas) a un ángulo de +3 grados. Una vez en vuelo nivelado, las palas se inclinaban gradualmente hasta alcanzar los 90 grados, transformándose así en alas para vuelo nivelado.



Sin embargo, la transición del vuelo vertical al horizontal y viceversa parecía presentar una gran dificultad para el piloto. La más difícil era la maniobra de aterrizaje, en la que el piloto, tumbado boca abajo sobre el morro, debía aterrizar la aeronave hacia abajo, mirando a través del rotor y el tubo de escape.




Después de la guerra, se reanudó el desarrollo de este tipo de caza VTO, especialmente en Estados Unidos, donde se realizaron experimentos con aviones que utilizaban hélices contrarrotatorias montadas en el morro impulsadas por turbinas para contrarrestar el par motor. Ejemplos de ello son el Convair XFY-1 y el Lockheed XFV-1.

Datos del Focke Wulf Triebflügel

Planta motriz: Tres motores estatorreactores Lorin de 840 kg de empuje cada uno
Velocidad máxima: 995 km/h
Peso: 2370 kg con carga
Envergadura: 11,4 m (37 pies 8 3/4")
Longitud: 9,1 m (30 pies)
Armamento: 2 cañones MK 103 de 30 mm y 2 cañones MG 151 de 20 mm




lunes, 17 de marzo de 2025

Libro: Dragonfly (por David Myhra)

LIBÉLULA-Dragonfly

DRAGONFLY
The Luftwaffe's Experimental Triebflügeljäger Project
por David Myhra - Publicado por Schiffer Publications



El libro narra la historia del primer intento mundial de perfeccionar un verdadero interceptor de despegue y aterrizaje vertical con cola.

El libro estará profusamente ilustrado con más de 240 ilustraciones en blanco y negro y color, realizadas por algunos de los mejores modeladores 3D: Gareth Hector, Jozef Gatial y mi amigo, el artista 3D holandés Ronnie Olsthoorn*. Las ilustraciones de estos tres artistas son realmente excepcionales.

*Ronnie ha tenido la amabilidad de permitirme mostrar algunas de sus excelentes imágenes. (Visite el sitio web de Ronnie, www.skyraider3d.com, para ver una increíble presentación interactiva en Flash 3D sobre el Triebflügel).

Mi primera impresión con este libro es que está bien documentado e incluye mucha más documentación de la que creía disponible sobre este tema.



El libro contiene información sobre el concepto de vuelo vertical, tal como lo abordó el profesor Erich von Holst, desde sus estudios iniciales sobre cómo una libélula se mantiene en el aire hasta cómo esto finalmente dio lugar al diseño del Triebflügel. También incluye información sobre quienes en Focke Wulf trabajaron en este diseño y cómo se determinó que el estatorreactor era el mejor motor para esta aeronave. David es franco sobre los numerosos defectos que este tipo de aeronave presentaba a sus diseñadores y analiza los intentos y fracasos posteriores de aeronaves similares.

La única pega que encuentro es que el texto es algo repetitivo y parece estar salpicado de errores tipográficos. Schiffer debería dedicar más tiempo a la revisión de sus libros. (Algunos podrían decir lo mismo de mi sitio web).



El libro de tapa blanda contiene 128 páginas de ilustraciones en blanco y negro y color. El precio de venta recomendado es de 29,95 $.

Aquí tienen un avance del excelente arte 3D de Ronnie Olsthoorn que aparece en el libro de la Libélula. Haga clic en la imagen para ampliarla - Todas las imágenes © Ronnie Olsthoorn

Sitio web de David Myhra:
http://www.luft46.com/Myhr/dmyhra.html

Sitio web de Skyraider3d de Ronnie Olsthoorn
http://www,skyraider3d.com

miércoles, 29 de enero de 2025

Caza VTOL: Proyecto Lockheed XFV-1 Salmon



Lockheed XFV-1 Salmon






El Lockheed XFV (algunas veces era llamado Salmon​) fue un caza VTOL experimental de la Marina de los Estados Unidos. Prototipo construido por Lockheed para demostrar la operación de un caza de despegue y aterrizaje vertical para proteger los convoyes.



Desarrollo

Después de la Segunda Guerra Mundial, la Marina de los EE. UU. estaba buscando la forma de mejorar el equipamiento de buques y la defensa de los buques mercantes con aviones de despegue vertical. En 1950, se efectuó un concurso de diseño seleccionando Convair y Lockheed2​ para que cada una construyera un avión de combate monoplaza con características de aterrizaje y despegue vertical. Cada uno utiliza un motor turbopropulsor Allison YT40-A-14 (junto a dos secciones T38 de poder montadas de lado a lado) con dos hélices a contra-rotación de tres hojas Curtiss-Wrigh. Los motores producían 5500 hp con 7100 eshp en el momento de despegue, lo que resulta en más de 10000 libras de empuje.

Diseño

Cuando se le adhirió el tren de aterrizaje fijo , el avión adquirió una apariencia inusual.3​ Los empleados de Lockheed lo apodaron "pogo stick" (recordando a su rival el Convair XFY-14​).


Pruebas y evaluación

Para comenzar las pruebas de vuelo, se colocó un tren de aterrizaje temporal no retráctil con patas largas en V reforzadas en el fuselaje y ruedas de cola fijas en el par inferior de aletas. De esta forma, el avión fue transportado en camión a la Base de la Fuerza Aérea Edwards en noviembre de 1953 para realizar pruebas en tierra y ensayos de rodaje. Durante una de estas pruebas, en un momento en el que la sección de popa del gran cono de hélice aún no había sido instalada, el piloto de pruebas jefe de Lockheed, Herman "Fish" Salmon, logró llevar el avión a la pista más allá de la velocidad de despegue, y el avión realizó un breve salto el 22 de diciembre de 1953. El primer vuelo oficial tuvo lugar el 16 de junio de 1954.



Las pruebas completas de despegue vertical en la Base de la Fuerza Aérea Edwards se retrasaron a la espera de la disponibilidad del Allison T54 de 7100 hp, que nunca se materializó. Después del breve salto involuntario, el avión realizó 32 vuelos. Todos los vuelos posteriores del XFV-1 no implicaron ningún despegue o aterrizaje vertical. El XFV-1 podía realizar algunas transiciones en vuelo desde el modo convencional al modo de vuelo vertical y viceversa, y se mantuvo brevemente en vuelo estacionario a cierta altitud. El rendimiento seguía estando limitado por los límites del régimen de pruebas de vuelo. Con la constatación de que los cazas contemporáneos eclipsarían las velocidades máximas del XFV y de que solo pilotos muy experimentados podían pilotar el avión, el proyecto se canceló en junio de 1955.






Salmon hizo rodar el XFV-1 con su tren de aterrizaje temporal "desde un arranque parado hasta 175 mph, y luego lo devolvió a un punto muerto sin utilizar los frenos, todo ello en una distancia de una milla".



Comenzando con una breve prueba, el 23 de diciembre de 1953 pilotado por Herman "Fish" Salmón, el avión efectuó un total de 32 vuelos, lo que demuestra la transición entre horizontal y vertical de vuelo. Sin embargo, no se realizaron despegues verticales. El avión fue equipado con tren de aterrizaje fijo, para que pudiera despegar horizontalmente. El rendimiento fue decepcionante, y el proyecto fue cancelado en junio de 1955.

Supervivientes

El único prototipo de vuelo terminó en el Sun 'n Fun Museo5​6​ en Lakeland, Florida. Estando actualmente expuesto en el parque contiguo.



El segundo prototipo, que nunca fue terminado, está en la entrada de Tutor NAS en Los Alamitos, California.

Especificaciones


    Características generales

        Tripulación: 1
        Longitud: 36 ft 10,25 en (11,23 m)
        Envergadura: 30 pies 22 en (8,36 m)
        Altura: 36 pies 10,25 en (11,23 m)
        Superficie alar: 246 m² (22,85 m m²)
        Peso en vacío: 11.599 libras (5.261 kg kg)
        Cargado de peso: 16.221 libras (7.358 kg kg)
        Máximo al despegue: 16.221 libras (7.358 kg kg)
        Motor: 2 × 1 Allison XT40-A-14 turbohélice, cada uno ()



    Rendimiento

        Velocidad máxima: 580 mph (930 km / h)
        Velocidad de crucero: 410 mph (660 km / h)
        Rango: desconocido ()
        Techo 43.300 pies (13.100 m)
        Tasa de ascenso: 10.820 m / m (3.300 m / min)
        Carga alar: 65,9 lb / ft ² (322 kg / m²)



    Armamento

        4 cañones 20 mm o 48 cohetes de 2,75

Nota: Las estimaciones de rendimiento sobre la base de un XFV con motor YT40-A-14 .