Adolf Galland, as de la Luftwaffe y
más tarde general de las fuerzas de caza (el más joven a esa fecha),
cuenta en sus memorias que el pueblo alemán adivinó el final del partido
con el bombardeo aéreo de Hamburgo, el verano de 1943.
Para
la aviación aliada, Hamburgo es el premio gordo: es el primer puerto y
la segunda ciudad más grande de Alemania, además de base naval y de
submarinos, y con un distrito industrial que produce maquinaria y
material de guerra.
La Luftwaffe también
lo sabe, y prepara una defensa aérea efectiva. Estaciones de radar
iluminan toda la costa de Alemania y Holanda, mientras escuadrillas de
cazas nocturnos patrullan en zonas de espera la llegada de la aviación
enemiga. Todo se coordina desde un búnker con un gran mapa, con lámparas
de colores que indican las posiciones de los grupos de caza propios y
enemigos. Una legión de jóvenes telefonistas y radiooperadoras transmite
reportes y órdenes a las distintas bases en la costa del Atlántico.
Los
Aliados se turnan para bombardear Alemania. La RAF por las noches y la
USAAF durante el día. Los ingleses al principio vuelan si escolta y en
formaciones cerradas, fáciles de detectar por el radar y focos
luminosos, y la Luftwaffe empieza el partido con el marcador arriba,
mientras los ingleses soportan fuertes pérdidas.
Los
norteamericanos estrenan su fuerza de bombarderos en Europa confiando
en su techo de servicio superior al de los cazas alemanes, y formaciones
cerradas fuertemente artilladas que al principio intimidan a los
pilotos germanos, pero la Luftwaffe se
acomoda al nuevo desafío y opera con aviones armados a niveles fuera de
proporciones: cañones de 20, 30 y hasta 50mm, y cohetes de alto
explosivo capaces de despedazar un bombardero a 30 metros a la redonda.
Los
mandos celebran victorias y marcan con cruces las ciudades bombardeadas
en sus mapas, pero las bases aéreas en Inglaterra, África y Rusia
reciben tripulaciones con stress port-traumático.
El poeta Randall
Jarrell, sirviendo en la USAAF, describe cómo los restos de algunos
artilleros se deben retirar "con manguera y agua".
Los
mandos aéreos angloamericanos preparan durante semanas el primer
bombardeo estratégico de la Historia contra una ciudad. Bautizada Operación Gomorra,
su objetivo es sencillo: regar con bombas la ciudad de Hamburgo "hasta
dejarla plana", esquivando la compleja red de radar y defensa antiaérea
alemana.
En
paralelo, los técnicos de radar ingleses juegan un ajedrez de guerra
electrónica contra sus rivales alemanes. Cada bando estrena trucos
ingeniosos para engañar al adversario.
En
el lado británico trabaja Joan Curran, una estudiante de Fisica que
inventa un método para cegar el radar enemigo. Bautizado con el nombre
en clave "Window", consiste en lanzar desde el aire cientos de kilos de chaff,
tiras de aluminio cortadas al mismo largo de la longitud de onda del
radar alemán, para producir reflejos de gran intensidad que saturan los
equipos y dejan las pantallas en blanco.
Horas antes de Gomorra, bombarderos de la RAF lanzan toneladas de chaff en distintas zonas del perímetro de vigilancia del radar alemán. La Luftwaffe queda sorda y ciega, incapaz de prever lo que se les viene.
Los ingleses tienen el mayor interés en devolver los pelotazos a Hitler, después que la Luftwaffe moliera sus ciudades durante el Blitz de 1940, la fase de bombardeos de la Batalla de Inglaterra.
En esos días la Luftwaffe también trataba de quebrar la voluntad del enemigo con bombardeos terroristas contra la población civil. Los bombarderos He-111 llegaron a lanzar hasta minas navales que descendian en paracaídas sobre las calles, con efectos inolvidables.
El 24 de Julio de 1943, la RAF finalmente "se arremanga" para Gomorra: poco antes de la medianoche, 791 bombarderos pesados Lancaster y Halifax despegan cargados con casi 12 toneladas de bombas cada uno, incluyendo incendiarias, de fósforo y de demolición.
El arsenal incluye innovaciones como las cookies ("galletas"),
cilindros cargados con casi 2 toneladas de Amatol o Torpex, que estaban
entre los explosivos más poderosos de la era pre-nuclear.
La prensa británica los bautiza blockbusters ("destructores de manzanas"), aludiendo a su radio de acción.
El
plan está estudiado hasta en sus menores detalles y con innovaciones
técnicas. Las escuadrillas cruzan el Mar del Norte en formaciones
dispersas para no alertar el radar, y sólo se concentran sobre el
blanco.
Los Pathfinders llegan primero a marcar los blancos con bengalas colgando de paracaídas ("árboles de Navidad"), y el nuevo sistema de radar H2S, que permite ver calles y edificios aunque estén cubiertos de humo o nubes.
Las
baterías antiaéreas abren fuego pero ya es tarde. La población de
Hamburgo despierta en el infierno: las bombas destruyen edificios en
cuestión de minutos, y la concentración de bombas incendiarias produce
vórtices de llamas de decenas de metros de altura, alcanzando
temperaturas de 600 grados Celsius, que incineran a quienes no alcanzan a
salir de sus dormitorios.
La
enorme diferencia térmica, sumada al clima de verano y toneladas de
fósforo lanzadas, produce una convección de aire y fuertes vientos que
aumentan la conflagración, y Hamburgo se convierte en tormenta ígnea,
el mismo fenómeno físico de incendios forestales de fuerza tal que se
hacen autosustentados, imposibles de detener hasta que se agota el
combustible u oxígeno.
La
población corre a los refugios antiaéreos subterráneos como se les ha
instruido, pero los siniestros consumen el oxígeno y decenas de miles de
civiles -en su mayoría mujeres y niños, morirán asfixiados e
incinerados en los bunkeres.
Tres
días después, la RAF descarga su segundo ataque con 739 aparatos. Los
blancos son barrios de "blocks" obreros del anillo industrial de
Hamburgo, densamente poblados. Los bomberos y equipos de emergencia de
todas las ciudades de la zona se concentran en Hamburgo pero no pueden
hacer casi nada.
El
tercer ataque británico ocurre la noche del 28 de Julio, donde 726
bombarderos siguen castigando otros barrios de la ciudad-puerto, para
terminar con un mazazo final el 2 de Agosto, con 740 aviones, que por el
mal tiempo terminan lanzando sus bombas en cualquier lugar. A esas
alturas la puntería da lo mismo.
Los
sobrevivientes se dispersan por centros de asistencia de toda la
región, contando sus testimonios terribles y exhibiendo quemaduras
impresionantes. El rumor corre por todo el Reich: "lo de Hamburgo le puede ocurrir a cualquier otra ciudad de Alemania".
El jefe de la Luftwaffe y canciller del Reich,
Hermann Göring, ni siquiera se aparece en Hamburgo. En otro tiempo la
autoridad más popular de Alemania después del Führer, "Hermann" -como le
llamaba el pueblo, había prometido que ni una sola bomba caería sobre
el Reich, gracias a "su Luftwaffe".
La realidad es que Hitler agota todas sus reservas en 1942, y desde ese año juega apostando todas las fichas en la mesa. La Luftwaffe
no logra compensar las pérdidas. Los bombardeos frenan la producción de
aviones, y en 1943 el piloto de caza promedio tiene menos de 160 horas
de vuelo.
Los
alemanes seguirán luchando con patriotismo y coraje inéditos. Sus
científicos y técnicos van a inventar nuevas armas revolucionarias que
van a seguir sorprendiendo a los Aliados hasta el último día, pero los
números no cuadran para el Ministerio de Armamentos. Alemania lucha en
dos frentes y su industria se asfixia cada día con los bombardeos
aliados. El resto es Historia pero Hamburgo lo supo primero.